Cantos primordiales a la evolución accidentada de mi pueblo

(Autor: Manuel Almeida Rodríguez)

         Los Teques, la ciudad que alguna vez fue referencia nacional por sus paisajes bucólicos, rieles, capín melao y alturas enneblinadas que curaban los males del pecho, hoy tiene una identidad dividida.

         Calles pintorescas, jardines botánicos, siembras de café y tránsitos novelescos, configuraron la que en 1927 sería declarada como capital del estado Miranda, comenzaron a ser periferias y suburbios antes de tener servicios, urbe, servicios y  Cama pa´tanta gente.

         Luego fue explosivamente convertida en satélite de Caracas y padeció el nacimiento de Zonas industriales prefabricadas entre calles de recuas y callejones, mientras los gobiernos locales vivían en la ilusión de la City. Así se fue mutando el gentilicio y asumimos como propio el remoquete de Ciudad dormitorio, para rendir tributo al suplicio de miles de tequeños y tequeñas que inundan la Carretera Panamericana o que se trituran diariamente en el metro. 

       Pero las calles tequeñas viven también inundadas y trituradas de gente que se pelea constantemente su derecho a vivir. Es así como se ha construido una lógica contradictoria y superpuesta de ser pueblo y ciudad al mismo tiempo, con un presente y un discurso histórico que se niegan el uno al otro constantemente. Mientras tanto, la metrópoli caraqueña nos arropa sin importar que la situación nos tumbe la emotividad poco a poco porque, a fin de cuentas, la creencia popular es que: “Aquí la gente lo que hace es dormir”.

           Esta retórica cotidiana nos enseñó a soñar poquitico y de vez en cuando., asumiendo como propios los discursos ajenos que nos llenaron de complejos el gentilicio. ¡Eche! La cosa va por otro lado. Pues, si nos proponemos superar las comparaciones y reconocer nuestras posibilidades de crecimiento por encima de los obstáculos, el escenario se tornaría distinto e interesante.

     Nuestro pasado debe construirse y reconstruirse para desentrañar los vericuetos ocultos, y en ocasiones poco agradables, de la memoria. Así puede ser útil para resolver los problemas de nuestra sociedad y desencajar las estructuras del sistema. Hay que sacudir las botas contra el piso pa´ sacar los alacranes, recomponer las calles de día y de noche, hablar de la poesía de nuestro tiempo e inundar de teatro las plazas y los bebederos.

          Por esta vía debemos recomponer nuestro espíritu de lucha para la transformación del barrio, la calle, el pueblo o la comuna, desde donde podamos enredarnos amorosamente en una identidad nuestra y remontar la resistencia de la nación Teke reconociendo primero a los verdaderos enemigos. pues si no lo hacemos, entonces terminaremos haciéndoles la corte a aquellos que apuestan por nuestra desaparición como cultura.

        Nuestra historia debe atornillarnos en el sueño de ser tequeños, sin importar que sea ciudad o que sea pueblo, sino lo que queremos nosotros. Pero esto solo podemos lograrlo apropiándonos de nuestro pasado con crítica y resabios, con subjetividades y con ganas de querernos.

¡Pa´ luego es tarde!

Desde la Torre construcción

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