TIEMPOS DE BUHOS Y FOGONES DE LEÑA

(Hildemaro Mago, Últimas Noticias 18 de abril de 2004)

La historia de Barrialito comienza en la últi­ma década del siglo XIX, según refiere Telasco A. MacPherson, miembro fun­dador de la Academia Nacio­nal de la Historia, quien al re­ferirse a esta comunidad ex­presa: “Barrialito: sitio del municipio Carrizal, distrito Guaicaipuro, sección Bolí­var, con 12 casas y 82 habitan­tes…”. Para ese entonces, arri­bó al sector la pareja com­puesta por Marcelino Alfaro y Rosario Martínez.

Marcelino, nativo del esta­do Bolívar, llegó a estos pre­dios por ser desertor del ejér­cito, y Rosario, trataba de es­capar de la peste bubónica que azotaba a Paracotos. De su unión nacieron 18 hijos. La pareja comenzó a trabajar en las tierras de Virgilio Biord, un francés dueño de grandes extensiones. Al tiem­po, compró un lote de esta propiedad. Hoy día, aquellas tierras que trabajó Marceli­no se conocen como el kiló­metro 18, Los Budares y par­te de Barola. Al morir Marce­lino Alfaro, su esposa Rosarito, como cariñosamente era llamada, fue vendiendo parte de esos terrenos y entregó en efectivo la herencia corres­pondiente a cada uno de sus descendientes, pero conser­vó parte del dinero de uno de ellos, Antonio, casado con So­fía Rodríguez, de cuya unión nacieron 16 hijos.

Eran tiempos en los que el agua se obtenía del manantial que bajaba de Matapalo y la gente se iluminaba con lámparas de kerosene llama­das mucuritas. Los más pu­dientes utilizaban lámparas Coleman. Las familias ha­cían conucos donde sembra­ban yuca, ocumo, ñame, au­yama, zanahoria, arvejas, quinchonchos y caráotas, y criaban gallinas y otras aves de corral para su alimenta­ción.

En las casas de bahareque dormían sobre catres y esteras y cocinaban en fogo­nes de leña. Los muchachos se divertían jugando bolas criollas, metras, volando pa­pagayos y con pelotas, gurrifíos y perinolas de          fabrica­ción casera. Se veían fácil­mente rabipelaos, puercoespines, culebras de todo tipo, búhos, perezas, zorros y hay quienes llegaron a ver leones criollos. Los más viejos conta­ban que La Sayona andaba por ahí gritando y en el Plan de los Muerto, actualmente sede de la UE Tomás de Jesús Quintero, las “almas” de los difuntos penaban durante nueve días antes de marcharse.

Cuando se oía el ulu­lar de la lechuza, las mujeres se observaban con picardía porque se tenía la creencia de que alguna estaba embara­zada y cuando los niños na­cían, las parteras solían ente­rrar el ombligo para que si al­gún día se iban, volvieran al lugar. Esta comunidad ha quedado reducida a lo que hoy conocemos como Los Martínez y Los Mujica.

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Acerca de Rieles y neblinas

Historiador, cronista de barrio, tallerista y estudioso de la historia local.
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