La ciudad rebelada

(Por: Manuel Almeida Rodríguez)

         Cuando nos aproximamos a la historia de Los Teques encontramos un sinfín de retos para la investigación, tanto en el acceso a las fuentes, como en la construcción de un discurso que debe confrontar las posturas pre asumidas y lo que parece una necesidad colectiva de dejar las cosas tal y como están, como si la población toda se hubiese contaminado del costumbrismo del siglo XIX.

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Primera representación gráfica de Los Teques en 1853,
efectuada por el periodista, dibujante y aficionado a la literatura,
Henrique Van Lands Verge (En: Los Teques: Crónicas de andar y ver de Ildefonso Leal, 2009)

       Aquí se construyen mitos patrimoniales y territoriales plagados de añoranzas arquitectónicas plagadas de discursos altisonantes y cuestionadores a las transformaciones ocurridas. Estos olvidan graciosamente al árbol que cayó para montar su casa o la selva que desapareció ante el paso del ser humano tan occidentalmente abrasivo.

          La imagen de postal recordada desconoce olímpicamente las circunstancias que la sociedad protagonista de dicha foto produjo para su propia desaparición y se excluye en el discurso de esa sociedad a innumerables objetos y sujetos históricos por un afán de construir la identidad a partir de borrar a las otras.

          Hay la necesidad de estudiar la historia, la memoria y el patrimonio de esta urbe a la luz de sus conmemoraciones. Entre ellas está, por supuesto, el nombramiento de la Parroquia eclesiástica hace 240 años. Lejos de hacer apologías a favor o en contra del hecho, expongo algunos elementos sobre el proceso de poblamiento y algunos elementos relacionados con la simbología patrimonial asumida.

          La selección de estos temas está sustentada en un espíritu provocador y cizañero. El cual espero fervorosamente que el lector cuestione, critique y contradiga a través de los canales regulares. A saber: rielesyneblinas@gmail.com, Twitter: @rielesyneblinas, y por esta vía: http://www.rielesyneblinas.wordpress.com.

 

Ríos de gente.

      La ciudad es una invención nuestra. Sus vericuetos son el producto de las acciones y contradicciones maceradas desde que confluyeron en estas lomas enneblinadas los pueblos que abonaron su memoria y cultura a lo que hoy conocemos como Los Teques: La ciudad. Como es sabido, algunos de estos llegaron con sangre en las manos, por la conquista y el asesinato de los originarios; otros, algunos de ellos también europeos, llegaron con sangre en los píes por la labranza de estas tierras que fueron una esperanza de vida.

          Lo poco que podemos deducir sobre el poblamiento de esta urbe se sostiene en un ejercicio de lógica sobre datos conocidos y un tanto de imaginación sobre la geografía y el comportamiento de grupos étnicos de similar ascendencia y proyección cultural. Permitiéndome –y asumiendo– dicha licencia considero que estas tierras eran rutas frecuentes de tránsito de originales con posibles pequeños asentamientos relacionados con la matriz en Suruapo a través de las filas y las quebradas donde hoy se encuentra la ciudad. Esta filiación sería un determinante para justificar que las encomiendas de Los Teques usurparan todo este territorio.

Detalle Corozal.
Detalle de un mapa De Guaicaipuro de 1973 donde se muestran las nacientes de agua y logares de poblamiento.

        Los caminos de Terepaima y sus Arbacos –mal llamados hoy caminos de Losada– fueron el afluente principal de los conquistadores pues por esta ruta se encontraron las supuestas minas de oro desencadenantes de los primeros encuentros con Guaicaipuro. Luego el poblamiento continuó siguiendo el agua por dos vertientes que bordearon La hoy ciudad. Unas por El Corozal y otra por San Pedro.

              Esta deducción proviene del segundo censo de pobladores que el Párroco Manuel Fernández Feo realizó en 1777, el mayor número de gente estaba en El Corozal (48 Familias), las otras estaban en Retamar (9 Familias), Pueblo Nuevo (4 familias) y el Pozo (11 familias) todas ellas cercanas las quebradas El Rincón y Camatagua. Por otro lado los habitantes ocuparon Lagunetas (11 familias), San Pedro (15 familias), Los Teques–sitio que hoy es el pueblo– (15 Familias) siguiendo el curso del Rio Homónimo. Hay 34 familias más que habitaban en el sitio de Carrizal. Posiblemente se refiera al que hoy es municipio, aunque también puede ser un lugar más cercano cuya toponimia se haya perdido.

                Dos caminos de agua que bordeaban los terrenos robados por la conquista para la propiedad privada. Los originarios fueron empujados hacia el sitio de San Corniel, que para ese primer censo mantenía 10 familias y se desconoce su merma demográfica en esos 200 años. Estos se encontraban entre los ojos de agua de Camatagua y El infiernito, a los pies de la cueva “del Indio” que hoy los rememora con el nombre aprendido en la dominación. Así fluyeron, por los ríos, los pobladores de la ciudad.

La plaza

                El 21 de octubre de 1777 es, sin duda alguna, una fecha fundamental en la historia tequeña pues el nacimiento de la parroquia define procesos de gran envergadura y sienta las bases de la organización territorial conocida. Hay, son embargo, un problema con las instituciones como la iglesia y el gobierno, pues fuerzan las lecturas del pasado para construirse en éste una imagen cuasi omnipotente en el discurso histórico presente. Lo cual invisibiliza a procesos políticos, sociales, económicos y culturales de los que somos parte.

Iglesia
La Plaza Mayor y la Iglesia de Los Teques de Gladys de Macero (Tomado de El Libro Parroquial más antiguos de Los Teques 1777-1802 de Ildefonso Leal 1994.

                La geografía planificada hacia una intervención territorial fue determinante para que Fernandez Feo asumiera el sitio de Los Teques como sede de la parroquia antes que El Corozal, pues esta es una acción lógica de la institución. Al pensar en la expansión futura de la parroquia se difuminó el papel de los habitantes de El Corozal para la llegada del Propio Obispo Mariano Martí que decretó la existencia de la parroquia cinco años antes. Los poderes públicos y la plaza mayor se ubican en subordinación a la catedral pues el terreno, al ser una superficie amplia y de pendientes más manejables, salvo el Llano de Miquilén, que era un terreno usurpado a los originales como propiedad de Diego de Miquiléna.

                Así se ve como las localidades, o matrias, fueron primero que la plaza mayor y ese, en todo caso sería la base del nacimiento de la ciudad, hoy conocida como tal mucho antes de que se fundara la Iglesia en 1790 y antes aun que la Plaza, que era más un patio frontal del mencionado edificio religioso. En estas comunidades había ya un espíritu de comunidad manifiesto en la existencia de lugares públicos que se dejó de lado para dar paso a la homogenización territorial que devendría en Ciudad con los años.

La génesis del patrimonio (Breve introducción necesaria).

                El patrimonio es un símbolo social de nuestro paso en el tiempo. Estos símbolos son asumidos a partir de su inmutabilidad a través de las generaciones y/o Legitimados por instituciones. Esta relación entre lo asumido y lo legitimado tiene sus bemoles pues encontramos casos de objetos o sujetos que son decretados como patrimonio por encima de lo que pudo representar o que son asumidos como tal, como el político que pone a una urbanización el nombre de un familiar suyo o que cambia el nombre tradicional de un sitio por considerarlo feo o poco conveniente políticamente. En nuestra ciudad tenemos el ejemplo de El Paso, nombre dado al lugar donde se encuentra la Urb. Cecilio Acosta, por las autoridades que consideraron el nombre original: Mal Paso, como inconveniente para su propaganda. En otros casos, la memoria colectiva la única institución que legitima el patrimonio, como es el caso de la Villa Teola que, a punto de ser demolida por sus propietarios fue defendida por “Hordas” patrimoniales, por ser un símbolo de la ciudad.

                Vemos así como la ciudad tiene una dimensión denigrada de su tiempo y su historia, de la cual me atrevo a exponer solo sus dimensiones físicas o palpables, sin entrar en honduras. En este sentido, cada generación reconoce, identifica y mantiene patrimonios, incluso cuando no tiene claridad de su procedencia. Un ejemplo palpable es el de la Calle Miquilén, antes llamado Llano de Miquilén. Es realmente ínfima la población local que sabe que el nombre refiere al Capitán Conquistador Don Diego de Miquilena. El nombre se ha mantenido inalterado desde la colonia y hoy es una referencia tácita de la ciudad. Por “El llano” como uno de sus ejes de crecimiento y por la calle Miquilén nombre colonial que aún pervive.

                Impera la necesidad de reconocer que la ciudad posee unas dinámicas de poblamiento diversas, que devienen de un poblamiento circundante. Estos lugares a los que llamaos centros o ejes de la ciudad como  emblemáticos, son una conclusión y no un punto de partida de eso a lo que llamamos ciudad. Ellos construyeron una ruta histórica peculiar que se mantiene alejada de los centros de poder para alimentar la historia de nuestros barrios. Porque de ellos proviene el 90%, conservadoramente hablando, de la vida de eso a lo que asumimos como urbe y como ciudad que fue dibujada por grupos de poder, definiendo símbolos, valores y referentes para los cuales estos barrios son Circunstancias que estorban y afean su bucólico paisaje, sin darse cuenta de que esta es una actitud que afea y entorpece la construcción de un discurso histórico real, sincero y propositivo de la transformación de nuestro entorno y nuestra sociedad.

Patrimonio Material

                Cada comunidad expone otros elementos que podemos identificar como patrimonio de la ciudad, pues aluden precisamente al reconocimiento como individuo y como comunidad en su capacidad de hacer historia.

                Comencemos pues, bajo esta mirada, a recorrer las calles y vericuetos de una ciudad que celebra el 21 de octubre una de sus fechas aglutinantes como comunidad geohistórica –luego de su fundación y antes de convertirse en ciudad– para reconocerlos y poder hablar con propiedad de una historia nuestra.

                Como dije antes, al construirse la Iglesia e inaugurarse 1790 quedó fuera del cuento la pequeña capilla de El Corozál que albergó los oficios iniciales de la parroquia. De ella solo quedan los vestigios de un poblamiento pre-parroquia que agrupaba los sectores que bordearon la carretera de la Variante Guayas y luego del tren.

Con La iglesia nació ese llamado arte colonial que bifurcó los senderos de esa historia: el patrimonio de la ciudad y el patrimonio del pueblo que la habita.

                Las Catedrales tienden a ser el reflejo de los niveles de dinero manejado por la sociedad en su construcción, mientras que una capilla de una comunidad expresa la capacidad que tuvo dicho grupo humano para juntarse, organizarse y lograr, en el marco de las políticas eclesiásticas, establecer su centro de culto.

iglesia de El Vigía
Capilla de El Vigia

               Partiendo de esa perspectiva, la sucesora de la Capilla de El Corozal no fue la Catedral, fueron las pequeñas capillas de las comunidades que nacieron con los años y que se convierten hoy en un reto para la investigación. Ejemplos son la pequeña Capilla de El vigía, con una trayectoria más profunda e intima de la que tuvo la Iglesia Don Bosco y sus Vitrales; o la Capilla de Nuestra señora de Fátima, en la Parroquia Homónima que concentra a la comunidad del Barrio La Matica.

    Ese pequeño santuario expone el valor de una comunidad en su afán poder organizarse y hacer historia en torno a la Fe. Otro ejemplo fue la Pequeña Capilla de Santa Eulalia que nació como un taller de artes y oficios donde se daba misa los domingos. Esa es la evolución referida. Esa es la historia por contar.

                Otro ejemplo son las Plazas públicas, pero no las plazas Bolívar, Guaicaipuro o Miranda. Estas ciertamente requieren de un abordaje profundo; sin embargo, su magnitud garantiza su presencia en el discurso histórico de la ciudad.

¿Qué pasa, en cambio, con la memoria sobre las plazas que insurgen en la necesidad de transformar el entorno cotidiano?

     La placita “El Carmen” del Barrio Matica Abajo fue un logro de la comunidad por deshacerse de un basurero de larga data. Nació por la intervención de la comunidad y con el trabajo de los vecinos y vecinas se apropiaron del lugar institucional (vertedero construido por el Consejo Municipal de su momento). Lo mismo ocurrió con la placita del Barrio José Gregorio Hernández, o la redoma de Matica Arriba…

      Por demás, si logramos acercarnos a los tiempos de construcción y consolidación de estos lugares también podemos acercarnos a los ritmos históricos de esa comunidad y comprender la existencia de periodizaciones de su pasado.

Vías de comunicación

        Si hacemos este mismo ejercicio podemos apreciar las escaleras como una expresión de las necesidades del colectivo para su movilización. Mientras la ciudad desarrolla vías de gran magnitud, las comunidades le ganan terreno a lo inhóspito del cerro a través de una domesticación progresiva. Inicialmente los pasos diarios determinan los posteriores banqueos. Estos son orientadores de los puntales y tablones, luego viene el cemento.

    Cada escalera construida en una comunidad marca un tiempo destacable de la misma y una evolución de su población en cuanto a la apropiación del terreno y la consolidación de su habitar. Ninguno de estos artilugios de la movilización colectiva es puesto por las instituciones antes de la existencia de una comunidad, cosa que si puede ocurrir con las carreteras y autopistas.

Conclusiones de esta invitación

                Es evidente que esto no es, ni pretende ser, una muestra de lo arquitectónico conocido de la ciudad, ni mucho menos una descripción del patrimonio existente. Más bien es el inicio de una campaña por cuestionar lo que hoy conocemos como patrimonio y de promover una discusión amplia sobre el tema que permita descubrir formas nuevas de entendernos como sociedad y como sujetos históricos de esta nueva nación teque.

Seguimos en la vía

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